La Grandeza de los Pequeños II

[continuación de La Grandeza de los Pequeños]

Por Pablo ABJones,
Abajo copio una oración de Theda Krieger, que dejó el mundo físico hace poco, y que cambió muchos mundos. Incluso, sigue cambiando el mío.

Personas como Theda me hacen acordar que la grandeza hoy, no se mide por lo que se tiene, ni por la popularidad ni por la gloria, ni por la intelectualidad, ni por lo conseguido ni por lo perdido, ni por lo que nos vende la sociedad en su mayoría.

La grandeza hoy, se encuentra en gente simple, directa, integra. Esas personas con sed de justicia, y de saber y de interesarse en el prójimo en forma genuina.

Esa grandeza que nace en las personas que entienden que dar está mejor que recibir. Esas personas compasivas, responsables, respetuosas. Y que entienden que el perdón funciona en forma mágica sin dejar rastro del pasado.

La grandeza se halla en el modo en el las personas tratan a los que tienen o son, menos que ésta. La podés encontrar en esas personas en los mejores y en los peores momentos, pero mayormente en los momentos cotidianos.

La grandeza la observo en esas personas que se saben, pequeñas.

Vivan esas Grandes Personas.

La oración:

‘La Oración del Maestro’ de Theda Krieger

Padre, no te pido grandezas,

Ni tampoco riquezas.

Se enredan mis pasos y tropiezan mis pies.

Ni te pido gloria, ni fama, ni honores,

Pues causan desvelos y luchas y celos y apartan de ti.

Te pido una cosa, una sola, Señor;

Pero es muy preciosa y es deseo que arde,

Es ansia que quema,

Es daga que llevo clavada muy honda en el corazón;

Es flor y es espina que desgarra mi entraña con roja pasión.

Te pido, Padre,

Que al final de mi larga jornada,

Si tú me la das, después de leguas y leguas

De cansado esmero, de luchas, desvelos, oración y anhelos,

Cuando en tu presencia adore a tus pies.

Te pido, Padre, una hueste de niños,

Millares, si, miles de ellos

Jugando y corriendo por las calles de oro,

Poblando de risas el mar de cristal.

Te pido que escuches sus hosannas y loas

Cantando tus glorias y las del Cordero inmortal.

No, Padre; no te pido ni oro, ni fama, ni gloria.

Te pido un pequeño que arrodillado a mi lado,

Murmurando muy quedo te diga en secreto:

“Padre, te adoro también”

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